En la Vía Augusta:
Un lugar para el encuentro.

Por: Alcanadre


Habíamos quedado a las 10 de la mañana en la plaza de Santiago, junto a la Fuente de los Peregrinos. Allí estaban los que habían dormido en el Albergue, también los que lo habían hecho en la acampada del Adarraga y estábamos los participantes en el Congreso Jacobeo.

Los peregrinos se preparaban para dar comienzo a la jornada de marcha que les llevaría hasta Nájera. Provistos de sus pertrechos, uno a uno, iban pasando junto a la fuente y descalzándose para realizar la simbólica ablución que recordaba la que los antiguos peregrinos hicieron ¡seguro! —llegados a este punto— para deshacerse de los sudores y del polvo acumulado en el camino. Luego, casi todos, iban rellenando sus cantimploras en ambos caños de la fuente, antes de dirigirse hacia el interior de la iglesia de Santiago el Real.

A las once en punto sonaron las primeras notas en el órgano del templo. Bien acomodado en uno de los bancos y con la musiquilla aquella de fondo, iba repasando las distintas escenas recogidas en el retablo mayor descubriendo que, casi todas, se correspondían con los hechos más significativos de la vida y milagros del Apóstol. Poco a poco fui figurándome a Santiago predicando, a Santiago ante Herodes, la degollación de Santiago, la batalla de Clavijo...


.. El Congreso se había iniciado en el salón de plenos del concejo logroñés, situado en el corazón del edificio diseñado por el arquitecto navarro Rafael Moneo. En la sesión de presentación fuimos conociendo a los representantes de distintas asociaciones de "Amigos del Camino de Santiago" así como a varios investigadores y concejales, originarios de diversos puntos del Camino, y al Alcalde de Logroño, que presidía la reunión desde su lugar de costumbre; también se presentaron Aymeric Picaud, Hugonell, Domingo y Juan de Ortega —entre otros— y lo hice yo mismo, que estaba convocado para hablar de la Vía Augusta, como otra ruta mas hacia Santiago de Compostela.

La última vez que estuve sentado en aquellos bancos, de Santiago el Real, fue el 23 de Junio de 1976. Como esta mañana, nos disponíamos a iniciar la etapa que nos llevaría desde Logroño hasta Nájera. Era la primera etapa en la que íbamos a coincidir con el Camino Francés.

Yo pertenecía a un grupo de arqueología de la OJE de Valencia y, aquel año, la Marcha Nacional a Santiago se hacía siguiendo los datos recopilados por mi amigo Storch: un chulapo madrileño que además de un poco sordo, estaba un poco pirado por la cosa de las piedras.

Siempre se hizo la marcha por el Camino Francés. En 1965, por ejemplo, se tomaron Somport y Roncesvalles como lugares de comienzo para, luego de siete jornadas, unirse en Puente la Reina y continuar juntos hasta Santiago. En 1971, se partió de Villanúa y se cubrieron los 894 kilómetros a lo largo de 39 diferentes etapas. Pero en 1975, al termino del Curso nacional de arqueología —dirigido por el amigo Storch— se sugirió documentar la calzada romana construida por Augusto que, se suponía, tendría que ir desde Tarragona —donde se situaba su cuartel general— hasta Sasamón, campamento de avanzada contra los Cántabros y más adelante, hasta Astorga y Braga, campamentos contra los Astures y Galaicos.

Como desde Tarragona sería eterna la caminata, las jerarquías de la Organización decidieron iniciar la marcha en Zaragoza. Salimos el 12 de Junio y llegamos a Santiago el día 28 de Julio: 844 kilómetros, en 42 diferentes etapas, con jornadas de descanso en Alfaro, Logroño, Briviesca, Osorno, León, Ponferrada, Piedrafita y Lugo. De modo que nuestra llegada a Logroño —desde Alcanadre— nos reencontró con el Camino Francés.

La primera jornada matutina del Congreso había finalizado con las presentaciones; después, los congresistas riojanos nos guiaron por distintos rincones de la ciudad hasta llegar a la sede del Parlamento donde teníamos una visita concertada.

Tanto ha cambiado Logroño, desde aquella mi visita en 1976, que no solo ha dejado de ser la capital de una simple provincia —que también se llamaba entonces Logroño— sino que se ha convertido en la capital de una próspera Comunidad Autónoma que —desgajada de Castilla la Vieja— recuperó su antiguo nombre de "Rioxa".

Bien se habían encargado Domingo y Juan Ortega, mientras avanzábamos por la calle Portales, de recordarnos lo mucho que se afanaron a orillas del Ebro y del Oja, —que da pie a lo de "Rioja"— para conseguir instalar sendos puentes y, así, facilitar el paso de los peregrinos que, hasta entonces, dejaban de lado esta tierra, en su Camino hacia tierras burgalesas.

La calle Portales es ahora peatonal. Lo es desde hace pocos años y sin embargo, ya se hablaba de su peatonalización cuando vine por primera vez. Se están recuperando, incluso, las columnas de sus portalillos, que recordaba llenas de cables y destartaladas aunque con aquel sabor de lo viejo que —¡digo yo!— algo tendrían cuando sirvieron de decorado para la famosa película "Calle Mayor".

Hicimos un alto en la iglesia de Santa María de la Redonda, hoy con-catedral de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es un templo edificado sobre las ruinas de otro románico y replanteado, más tarde, a partir del siglo XVI. Me agradaron el retablo mayor, la portada barroca y sus dos torres gemelas construidas por Martín de Beratúa. Domingo nos dijo que en su ciudad: Santo Domingo de la Calzada, había una torre de la misma fábrica y nos concretó que tenía de particular el hecho de levantarse exenta de la catedral. ¡Vamos, como la Giralda de Sevilla!

De "la Redonda", seguimos por la calle Portales hasta la plaza de San Agustín. Encontré la fachada del Palacio del Espartero ¡extraordinariamente limpia! La recordaba oscura y sucia. El Palacio del General Espartero —vivienda de tan ilustre riojano, después de su regencia— es notable, precisamente, por su portada barroca y de ahí mi grata impresión por su recuperación tan exquisita. Desde hace años, sé que sirve de cobijo a los fondos del Museo Provincial.

En la misma plaza está el edificio de Correos, de estilo colonial y en una de las esquinas, el que yo conocía como "La Tabacalera" y que hoy se dedica, en parte, a Biblioteca Publica. Aún tengo en mi casa una caja de puros "Farias" de las que compré, entonces, para mi padre y que no sé si le ayudarían a bien morir —pues lo hizo de cáncer de pulmón— pero que sé que a él le gustaban tanto. La plaza tiene una variedad de estilos tan grande y tan armoniosa, a su vez, que hasta el representante de la Asociación de Brujas había comentado que —salvando las distancias— esta plaza le recordaba la variedad constructiva de sus plazas flamencas.

Visitamos la Biblioteca Pública y luego llegamos a la sede del Parlamento de La Rioja. Del antiguo convento de La Merced, uno de los varios que sufrieron la invasión de las tropas napoleónicas —hecho que reprochamos, como si ellos fuesen los verdaderos culpables, a los representantes franceses de nuestra comitiva— solo queda la portada barroca. Bueno, queda la portada y el claustro, lo que pasa es que se trata de una construcción posterior que se ha aprovechado para formar el hemiciclo del parlamento, al que le han dado luz y cobijo con un, enorme y bien resuelto, techo de cristal.

En los pasillos del claustro nos esperaba un tentempié a base de pinchos de chorizo frito, croquetas caseras y "embuchados", todo ello regado con un vino riojano denominado "Viña Grajera": un "crianza" propiedad del Gobierno de La Rioja, tal como nos explicó la Presidenta del Parlamento.

Hubo aplausos para la presidenta —por lo de la visita— y aplausos, también, por el vino y el "piscolabis". En esto, los franceses nos recriminaron que, si bien los chicos de Napoleón vinieron para tan nefastos hechos —como los que les habíamos recordado— también, algunos de sus paisanos como: Dupeyron, Serres, Anglade, Lepine y el mismo Pineaud —enólogos, todos ellos— vinieron, también, para ayudar a implantar nuevos métodos de elaboración y envejecimiento de unos vinos que, hasta entonces, —nos dijeron— servían para la fabricación de "mortero", con destino a la construcción; sin embargo, nadie se había molestado en recordar este pequeño detalle.

Un tanto confusos y un poco avergonzados —los del país— entonamos el "mea culpa" y ofrecimos, entonces, otros sonoros aplausos para nuestros colegas franceses y ¡también! para las dichosas técnicas vinícolas de sus paisanos.

Claro que, poco les duró tal regocijo pues, a la salida del Parlamento, visitamos la Muralla del Revellín y la Puerta de Carlos V —único vestigio histórico de la antigua fortificación— dando pié para hablar del asedio que sufrió la ciudad —precisamente por parte de los franceses— y que concluyó, en 1521, con el levantamiento del cerco y victoria de los logroñeses; hecho que se celebra, cada 11 de Junio, con una ofrenda de vino, pan y peces, en honor del patrono San Bernabé, rememorando las condiciones en las que vivieron los defensores de la ciudad.

Domingo y Juan de Ortega, nos llegaron a comentar que conocían aquella puerta como "La Puerta del Camino" y que ya venía —desde el siglo XII— a dar salida a la ciudad. Hugonell, bastante mas joven, nos recordó que en ella confluían la calle Barriocepo y la calle Costanilla —ahora "la Mayor"— y que la calle Portales la conoció como la calle Herventia.

Hablando de calles, mientras unos y otros discutían sobre la exactitud del nombre de las mismas y retrocedían para rehacer el viejo camino, había convencido al amigo Aymeric, con el cual compartía hotel, y a los de las Asociaciones de Lisboa y París, para ir a tomar unas tapas a "la calle Laurel", de la que guardo un gratísimo recuerdo de otras visitas, acompañando al Valencia —el club de mis amores— que durante ocho campañas seguidas ha medido sus armas con el Club Deportivo Logroñés.

De la calle Laurel o "senda de los elefantes" —tal como también se la conoce por las "trompas" que en ella se cogen— les hablé a mis acompañantes —mientras nos tomábamos un "chiquito" y un "champi" en "el Soriano"— de la imagen que tengo de ella llena de aficionados riojanos y valencianos, haciendo competición para saber quién entonaba mejor el himno de nuestros equipos.

Aymeric, que poco entendía de aficionados al fútbol, se sorprendió sin embargo, de que dos aficiones rivales pudieran llevarse tan bien. Tuve que explicarles, a él y al resto de mis acompañantes, que juntos habíamos compartido el honor de haber subido, el mismo año, a la primera división y que ¡juntas! habíamos prometido seguir las aficiones, por encima de nuestras cuitas deportivas.

Nos quedamos a comer todo el grupo en el Iruña, en la misma calle Laurel y allí, dejándose guiar de mis conocimientos culinarios de la zona, degustamos unas alcachofas con jamón y unos riñones a la plancha; menos Aymeric que se decidió por unas lechecillas de cordero. De postre cada uno eligió algo diferente, yo me tome unas fresas con nata. Luego regresamos a la plaza, frente al Parlamento, para saborear un café y disfrutar de un rato de sol, sentados en una de aquellas agradables terrazas. Por cierto, que el amigo Van der Soens, el de Brujas, reconoció que eso del sol si que era un privilegio de nuestras plazas.

Por la tarde dieron comienzo las distintas ponencias. Domingo y Juan Ortega hablaron de puentes y hospitales. Al final hablamos de Albergues de Peregrinos y del famoso andador que no se cuantos ministerios venían prometiendo desde el principio de los tiempos. Como Logroño tenía bastante bien hechos los deberes, el Alcalde se extendió dando cumplidos informes sobre la recuperación del Camino y su señalización, desde el mismo Puente de Piedra: la adecuación de la Fuente de los Peregrinos, la peatonalización de la Rúa Vieja y Barriocepo, la construcción del Albergue y sobre el andador que, desde la salida de Logroño —al final de la calle Murrieta— abandona la carretera general y, por el viejo camino de Entrena, enfila hasta el Parque de La Grajera continuando, desde allí, hasta el mismo Navarrete.

Aymeric Picaud nos habló de su famosa "Guía" —crónica incluida en el Libro V del Códice Calixtino—. Terminamos recordando a Rosmithal, Münzer, Arnold von Harff, Laffi, Manier y, también, a Jesús Torbado y a Luis Carandel y hablamos, entre otras, de la Guía Everest. Repasamos el cometido de los Centros de Información del Peregrino —de los que Logroño cuenta con uno en el propio Albergue— y de las actividades que se vienen realizando por las distintas Asociaciones y Ayuntamientos que jalonan el Camino.

Los del País Vasco, los Cántabros y los Astures venían a hablarnos del Camino del Norte que se inicia por Irún y avanza —por la costa— por Pasajes, hasta San Sebastián. Luego, de Zarauz a Bilbao y, desde allí, a Santander pasando por Portugalete, Castro, Laredo, Santoña, Santillana y San Vicente, antes de adentrase en Asturias por Llanes.

En algún sitio había leído que: "...El Camino del Norte es rico en paisajes verdes y azules, el sur es una paleta de tonos ocres y rojizos, el primero es húmedo y fresco, el segundo es áspero y mas caluroso. El gótico marinero se enfrenta al románico sureño ..."

El Camino del Norte —nos decían— llega a Galicia, desde Llanes, tras el paso por Villaviciosa, Gijón, Avilés, Cudillero, Luarca y Castropol que hace de frontera con las tierras gallegas. Como también hablamos de la Ruta de la Plata y de los caminos de Portugal y Galicia, quedamos en que no hay comparaciones posibles y que cada uno debe hacer su propia elección.

Por la noche, los organizadores del Congreso, nos ofrecieron una suculenta cena en un calado de las Bodegas Franco-Españolas. Nos pusieron de primero, patatas con chorizo, luego bacalao a la riojana y de postre peras al vino. De la cocina se encargó un tal Lorenzo Cañas, del que un amigo mío, de un restaurante de Valencia, me tenía contadas mil maravillas. De todas formas, aquí hay tanto y tan bueno donde elegir que no sé como se las apañan, los de las guías gastronómicas, para otorgar sus puntuaciones. Entre plato y plato, un "reserva" de la propia bodega y a los postres, unas jotas riojanas y un estupendo concierto de plectro.

Gorka, el del País Vasco, Rodrigo, el de Burgos, y yo mismo, habíamos quedado con unos amigos de Logroño y se nos unieron Hugonell, Aymeric y Pierrot, uno de los franceses. A Gorka y a Rodrigo los conocí en 1976 cuando ellos hacían la marcha inter-provincial a Santiago que juntó a 84 peregrinos de Logroño, Burgos y el País Vasco. Los conocí aquí, en la jornada de descanso, cuando ellos preparaban el inicio de su marcha y los volví a ver en algunas etapas finales de Galicia trabando, entonces, una hermosa amistad. Precisamente habíamos quedado en ver a Ramón y a otros amigos, que habían dirigido aquella aventura.

La cita fue en el "Sir Leighton" —uno de los primeros pub de la ciudad—. Allí nos esperaban Pachi, Juanma, Jose Luis y Ramón. Hablamos de lo humano y lo divino. Aymeric alucinaba con nuestras batallitas y hojeando los cuadernos de todas y cada una de las etapas: kilometrajes, perfiles del itinerario, descripción de las ciudades y memoria de las actividades.

Hablamos del peregrino de nuestra marcha que terminó su Camino en la Clínica Santa Cruz y en la que hoy —nos contó Ramón— se ubica la Comisaría de Policía; de las idas y venidas de Pachi con su moto-enlace; del médico de Ortigosa —desgraciadamente ya fallecido— que sería el médico de su marcha y el que eliminó las múltiples ampollas de mis pies en el descanso de Logroño. Hablamos de la terrible etapa de Alcanadre a Logroño —que fue la etapa más larga y más penosa y la causante de mis males— y nos reímos al recordar —¡una vez más!— su última etapa en la que tuvieron que montarse —¡los ochenta!— en el camión de servicio para hacer, en él, una parte del recorrido, porque se habían dormido y no llegaban a los actos programados en Santiago.

Aquí fue cuando Hugonell comprendió que además del milagrito suyo —el del gallo y la gallina— quedaría para la historia del Camino —al menos para nuestra pequeña historia—- el milagro de los 84 peregrinos aparecidos al volver una curva, ante la incredulidad de otros tantos que llevaban un par de horas de caminata y nunca vieron a nadie por delante de ellos hasta llegar a ese dichoso lugar.

De vuelta al hotel pasamos por El Espolón. No conocía esta última remodelación ¡tan luminosa!. Comentamos la gallardía del General Espartero a grupas de su caballo y, luego, les conté a Pierrot y Aymeric la magia del pisado de la uva y la ofrenda del primer mosto a la Virgen de Valvanera, acto que descubrí el año en que coincidió el partido del Valencia con las Fiestas de la Vendimia.

Por la mañana defendí nuestra teoría sobre la Vía Augusta: Esta gran vía romana iba de "Tarraco", por "Ilerda", a "Caesaraugusta". Desde allí, hacia "Balsio" y, pasando por la Sierra de la Demanda, continuaba por "Virobesca" y "Segísamo" a "Astúrica Augusta" y "Braccara", habiendo una variante en Astúrica que pasando por "Lucus Augusti" llegaba hasta "Brigantium". Se trataba de una vía militar de la que ya se conocía, en tiempos de Sertorio, un camino que llegaba hasta "Vareia". Desde aquí, debió de ser Augusto quién se encargó de la citada construcción.

Mantenía —siguiendo los datos de mi amigo Storch— que: era un hecho que los Peregrinos, en la Edad Media, utilizaron caminos ya existentes —en su mayor parte vías romanas— y que la Vía Augusta se utilizó en el siglo IX desde Briviesca, a pesar de la cercanía de los sarracenos, y desde Logroño un siglo mas tarde; hasta que Sancho de Navarra y Sancho de Castilla, adentrados en el siglo XI, ayudaron a abrir el Camino Francés, que siguió utilizando, en gran parte, la citada vía romana. Tras la conquista de Zaragoza, en el siglo XII, los peregrinos podían utilizar, desde Cataluña, la Vía Augusta y ello sirvió para enriquecer la afluencia de los que se dirigían a Santiago.

Esta calzada romana entra en La Rioja por Alfaro, llegando de la etapa "Tudelae-Graccurris", que se cita en el itinerario de Antonino Pío. En este mismo Itinerario se citan las etapas "Graccuris-Calagurre"" y “Calagurre-Vareia", que pasa por Alcanadre y "Angutiana" hasta llegar al embarcadero de "Lucronium".

Luego les hable de la salida de la calzada romana en dirección a Santiago: de "Vareia" a Nájera por "Lucronium" y "Tritium". Después, hasta Herramelluri, por Hormilla y Torrecilla —hoy San Torcuato— y, por fin, hasta "Segisamunculum" —cerca de Cerezo del Río Tirón— llave de paso para los Montes de Oca y frontera entre los Berones y Autrigones.

A media mañana me acerque, con varios congresistas, hasta el Puente de Piedra, donde habíamos quedado —con Ramón y los amigos de Logroño— de esperar a los componentes de la Marcha Nacional de la OJE que, este año, —último Año Santo del milenio— habían recobrado la costumbre del Camino Francés y venían de hacer la etapa que les traía desde Puente la Reina.

La espera fue corta: apenas un cuarto de hora. Pachi les acompañó hasta el Adarraga, mientras nosotros, con Ramón, nos uníamos a la visita de Santa María de Palacio, donde el resto de los congresistas contemplaban la exposición de "Las Tablas Flamencas en la Ruta Jacobea". Quiero destacar de esta iglesia, su torre: un soberbio ejemplar, de forma piramidal, gótico del siglo XIII.

Todavía, antes de comer, hicimos una visita al Albergue de Peregrinos y, luego, a la Ermita de San Gregorio —chiquitita, chiquitita..., como canta Pepe Blanco— y ¡como no! a la magnífica portada románica de la Iglesia de San Bartolomé —la iglesia mas antigua de la ciudad— y a su torre mudéjar.

Por la tarde, nos llevaron a visitar los monasterios de Santa María la Real, en Nájera, y los de San Millán de la Cogolla —cuna de la lengua castellana— que aún no conocía. De regreso, nos quedamos a cenar en unas bodegas de Navarrete y, aún, llegamos a Logroño a tiempo de vivir el ambiente festivo de "la zona". Luego, regresamos a nuestros hoteles quedando de vernos, la mañana del domingo, en el acto religioso programado en la iglesia de Santiago el Real...

Sentí, entonces, un codazo en las costillas y me di cuenta que Gorka, que se sentaba a mi lado, me sacaba de lo vago de mis recuerdos y pensamientos para llevarme, otra vez, a lo preciso de aquel acto religioso. El órgano había dejado de sonar hacía un rato y, el alcalde, ya había depositado en manos del director de la Marcha Nacional la ofrenda de Logroño para el apóstol Santiago; ahora, el obispo se disponía a bendecir los bordones y realizar la imposición —como peregrinos— a un pequeño grupo de riojanos que iniciaban, aquí, su Camino.

    —¡Herru, Sanctiagu! ¡Got, Sanctiagu! —invocaba el señor obispo.
    —¡Eultreia, esuseia! Deus adiuva nos —imploramos al unísono.

Juntos entonamos el himno del Camino y luego salimos del templo contemplando la larga fila que formaban los peregrinos por la calle Barriocepo. Por delante, les quedaba una nueva jornada hasta Nájera y veintitantas mas hasta llegar a los pies del Apóstol.

El Congreso se clausuró después de la comida servida en "la Reja Dorada". A los postres, nos entregaron una bolsa de recuerdos con una botella de vino, un cántaro de cerámica de Navarrete y una bolsa de pastillas de café con leche de "La Cabra; al parecer, —como los chicos de Nestlé se habían hecho con la marca de "La Viuda de Solano" y hacía un par de años que habían cerrado su fabrica de Logroño— ¡ya no se regalaban caramelos apátridas!

Me despedí de mis compañeros de Hotel; me despedí de Ramón y del resto de mis amigos riojanos y con el coche cargado de recuerdos y nuevas ilusiones enfilé para mi tierra. Tomé, adrede, por la salida de Burgos y en la circunvalación volví dirección Zaragoza. Me quedaba una visita, muy importante, por hacer: el nuevo estadio de "Las Gaunas". No estaba acabado, pero ya se podía intuir en su totalidad. El Logroñés había conseguido salvar la permanencia, una vez mas, en la segunda división y quien sabe si el próximo año le volveríamos a ver, en primera, con el Valencia de mis amores.

Bueno, también quedaba la posibilidad de un encuentro en la Copa del Rey y, ¡además!, ¡qué carajo!, ¿es que Logroño no merecía una visita, antes del próximo milenio?

    - Logroñés, Logroñés, Logroñés, Logroñeeess ... ¡LO-GRO-ÑÉS!

Definitivamente, pensé: este es un lugar del Camino, bien dotado para el encuentro.


 

Algunas historias al aire del Camino de Santiago .

 

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